Miró a aquél lugar. Respiró su calma, su aire fresco, su aroma a hierba, a humedad, y recordó qué le había llevado hace unos años allí. Recordó que estaba cansada de que pisotearan sus sueños. De que no la valorarán. De que la gente le hiciera heridas al pasar por su vida que nunca terminaban por cicatrizar. Por eso se marchó recogiendo las pocas cosas que no le vinculaban con nada ni con nadie y se alejó. Para llegar allí, a un lugar en el que nadie la conocía. Un lugar en el que era la extraña. La forastera. Quizás parecía que huía, que tenía miedo, que era una cobarde que no sabía enfrentarse a la realidad. Pero cuando hacen que te consumas hasta el punto de casi no poseer ni alma, entonces, es cuando te das cuenta de que te importa poco el qué dirán. Que debes sobrevivir, olvidar y empezar a anular tus sentidos. Y eso hizo. Y hasta la fecha había podido manejar bien esa situación.
Continuó mirando el paisaje sin prisa. Sentada en aquella montaña viendo como el sol se despertaba. Que hubiese logrado controlar sus emociones no quería decir que hubiese podido borrar sus fantasmas. Al menos aún no se había deshecho de los que por las noches lograban asustarla mientras dormía, provocando aún que las finas sábanas se pegaran a su cuerpo por el frío sudor causa clara del temor que la atrapaba cuando bajaba la guardia.
No quiso seguir dándole vueltas a sus pesadillas. Ahora debía disfrutar de esas horas en los que los sueños no le jugaban una mala pasada, por eso nunca se perdía un amanecer. Se despertaba pronto y se dormía tarde intentado mantener a raya al pasado que ensombrecía su camino, y no le dejaba proyectar un futuro. Y permaneció quieta, frente a un cielo color melocotón que poco a poco se fue tornando azul.