sábado, 5 de marzo de 2011

Pasos

Pasos lentos.

Pasos tristes.

Pasos que no quieren convertirse en movimiento.

Pasos que quieren transformarse en estatuas.

Pasos que evitan llegar a casa.

Que reniegan de alejarse de un lugar en el que fueron felices

encontrando el eco de sus pisadas en el andar de una segunda persona.

Eco que pronto se transforma en un sonido único y acompasado.

Calles casi desiertas que estos pies poco a poco despiertan.

Despiertan asombradas porque no es hora de prisas ni de risas.

Sino horas para soñar.

Los pasos no parecen cansados,

continúan queriendo dibujar en el asfalto grandes sonrisas.

Los dos pares parecen estar en forma en esa noche

en la que la única ley dice que no hay normas

salvo dejar a nuestros pies improvisar.

¿Acaso no es lo que estamos haciendo?

miércoles, 12 de enero de 2011

...II

Si algo tenía claro es que nunca había querido a nadie. Y no es que alardeara de ello. Le entristecía por todo lo que sabía que se había perdido. Quería no sentirse torpe con eso de sentir y manejar las emociones, saber dejarse llevar, pero nunca le salían las palabras adecuadas, ni los detalles que enamoran poco a poco a las personas. Estaba cansado de hacer cosas solo. De girarse en la cama y no tener una piel suave a la que acariciar, ni unos labios a los que besar para poco a poco ver a unos ojos despertar y que posteriormente le dedicaran una sonrisa. El estruendoso ruido que provocó una bandeja de copas al caer al suelo le despertó de ese ensimismamiento, haciéndole volver al bullicio de la sala en la que se encontraba. La boda de su hermano le había hecho replantearse ese tipo de cosas. Había llegado a odiar a su madre, quien le había pedido que ayudara al menor de los Santos con algunos de los preparativos del enlace. Esos meses habían llegado a ser una tortura, sentimientos a flor de piel, y más sentimientos desbordados. Avalanchas de muestras de afecto, de cariño, que a él lo ahogaban, y le hacían ver sus carencias. Carencias que durante sus treinta años de vida no se había dado cuenta que existían y que lo vaciaban como si alma fuese un colador repleto de agujeros haciendo que se esfumaran todos los muros que había levantado. Tenía una copa en la mano a medio acabar y decidió dar un último trago para quitar el sabor amargo que sus pensamientos le habían dejado. A sabiendas de que se lo reprocharían al día siguiente decidió marcharse sin decir nada, con el paso tranquilo de quien no encuentra emoción de llegar a casa porque sabe que allí no encontrará a nadie. Por eso, porque nadie lo esperaba, anduvo sin dirección durante un largo tiempo hasta que el sol se animó a hacerle compañía. Lo encaró haciendo que sus ojos mostraran su enojo al cerrarse de golpe ante aquella claridad, notó cierto placer al sentir que sus rayos calentaban su cara sin miedo y siguió caminando por aquella calle a ninguna parte, a ningún lugar, sin ser consciente de que en un rincón de esa ciudad alguien también se había detenido a hacerle frente al astro rey. Alguien que ansiaba lo opuesto a él. Soledad. Pero que quizás por causas que no estaban escritas en ningún guión cambiaba el prisma tras el que observaba su vida.

viernes, 26 de noviembre de 2010

...

Miró a aquél lugar. Respiró su calma, su aire fresco, su aroma a hierba, a humedad, y recordó qué le había llevado hace unos años allí. Recordó que estaba cansada de que pisotearan sus sueños. De que no la valorarán. De que la gente le hiciera heridas al pasar por su vida que nunca terminaban por cicatrizar. Por eso se marchó recogiendo las pocas cosas que no le vinculaban con nada ni con nadie y se alejó. Para llegar allí, a un lugar en el que nadie la conocía. Un lugar en el que era la extraña. La forastera. Quizás parecía que huía, que tenía miedo, que era una cobarde que no sabía enfrentarse a la realidad. Pero cuando hacen que te consumas hasta el punto de casi no poseer ni alma, entonces, es cuando te das cuenta de que te importa poco el qué dirán. Que debes sobrevivir, olvidar y empezar a anular tus sentidos. Y eso hizo. Y hasta la fecha había podido manejar bien esa situación.

Continuó mirando el paisaje sin prisa. Sentada en aquella montaña viendo como el sol se despertaba. Que hubiese logrado controlar sus emociones no quería decir que hubiese podido borrar sus fantasmas. Al menos aún no se había deshecho de los que por las noches lograban asustarla mientras dormía, provocando aún que las finas sábanas se pegaran a su cuerpo por el frío sudor causa clara del temor que la atrapaba cuando bajaba la guardia.

No quiso seguir dándole vueltas a sus pesadillas. Ahora debía disfrutar de esas horas en los que los sueños no le jugaban una mala pasada, por eso nunca se perdía un amanecer. Se despertaba pronto y se dormía tarde intentado mantener a raya al pasado que ensombrecía su camino, y no le dejaba proyectar un futuro. Y permaneció quieta, frente a un cielo color melocotón que poco a poco se fue tornando azul.