Pasos lentos.
Pasos tristes.
Pasos que no quieren convertirse en movimiento.
Pasos que quieren transformarse en estatuas.
Pasos que evitan llegar a casa.
Que reniegan de alejarse de un lugar en el que fueron felices
encontrando el eco de sus pisadas en el andar de una segunda persona.
Eco que pronto se transforma en un sonido único y acompasado.
Calles casi desiertas que estos pies poco a poco despiertan.
Despiertan asombradas porque no es hora de prisas ni de risas.
Sino horas para soñar.
Los pasos no parecen cansados,
continúan queriendo dibujar en el asfalto grandes sonrisas.
Los dos pares parecen estar en forma en esa noche
en la que la única ley dice que no hay normas
salvo dejar a nuestros pies improvisar.
¿Acaso no es lo que estamos haciendo?