Si algo tenía claro es que nunca había querido a nadie. Y no es que alardeara de ello. Le entristecía por todo lo que sabía que se había perdido. Quería no sentirse torpe con eso de sentir y manejar las emociones, saber dejarse llevar, pero nunca le salían las palabras adecuadas, ni los detalles que enamoran poco a poco a las personas. Estaba cansado de hacer cosas solo. De girarse en la cama y no tener una piel suave a la que acariciar, ni unos labios a los que besar para poco a poco ver a unos ojos despertar y que posteriormente le dedicaran una sonrisa. El estruendoso ruido que provocó una bandeja de copas al caer al suelo le despertó de ese ensimismamiento, haciéndole volver al bullicio de la sala en la que se encontraba. La boda de su hermano le había hecho replantearse ese tipo de cosas. Había llegado a odiar a su madre, quien le había pedido que ayudara al menor de los Santos con algunos de los preparativos del enlace. Esos meses habían llegado a ser una tortura, sentimientos a flor de piel, y más sentimientos desbordados. Avalanchas de muestras de afecto, de cariño, que a él lo ahogaban, y le hacían ver sus carencias. Carencias que durante sus treinta años de vida no se había dado cuenta que existían y que lo vaciaban como si alma fuese un colador repleto de agujeros haciendo que se esfumaran todos los muros que había levantado. Tenía una copa en la mano a medio acabar y decidió dar un último trago para quitar el sabor amargo que sus pensamientos le habían dejado. A sabiendas de que se lo reprocharían al día siguiente decidió marcharse sin decir nada, con el paso tranquilo de quien no encuentra emoción de llegar a casa porque sabe que allí no encontrará a nadie. Por eso, porque nadie lo esperaba, anduvo sin dirección durante un largo tiempo hasta que el sol se animó a hacerle compañía. Lo encaró haciendo que sus ojos mostraran su enojo al cerrarse de golpe ante aquella claridad, notó cierto placer al sentir que sus rayos calentaban su cara sin miedo y siguió caminando por aquella calle a ninguna parte, a ningún lugar, sin ser consciente de que en un rincón de esa ciudad alguien también se había detenido a hacerle frente al astro rey. Alguien que ansiaba lo opuesto a él. Soledad. Pero que quizás por causas que no estaban escritas en ningún guión cambiaba el prisma tras el que observaba su vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario